Dicen por ahí que te has vuelto a poner triste
Que ya no sueltas tu melena por miedo
a que se enrede en las ramas del Boulevard.
Dicen también que ya no llevas tu sombrero
dicen que voló su pluma
al séptimo cielo
y que al cortarle las alas lloró el bombín.
Todavía cuentan algunos sabios que echas de menos los parques
que tus dedos ya no armonizan con las teclas blanquinegras.
no como en aquellos tiempos en que fuiste una pianista de lujo.
Pero también dicen que esa soberbia tuya que me abdujo
sigue intacta.
Que todavía fijas los ojos, manteniendo es e pulso de miradas con el abismo
de las gentes desalmadas.
Y siento que en estos días, en que la gente hace gala
de dones que no existen, cuando nadie llora ya por los
difuntos, cuando la primavera remolonea, e invade nuestras casas
el frío de las cumbres altas.
Es en estos momentos cuando sé
que todavía me haces falta.
9 de septiembre de 2012
15 de agosto de 2012
Sonnets to Laura
"El Mito de Sísifo.
Como castigo por engañar a los dioses, en el Inframundo, Sísifo fue obligado a empujar una enorme piedra cuesta arriba por una ladera empinada, pero antes de alcanzar la cima, la piedra siempre rodaba hacia abajo, y éste tenía que empezar de nuevo su labor; y así por los siglos de los siglos."
Esa borrosa silueta que se convirtió en princesa una tarde en un bar y cayó conmigo, de la mano, en otra absurda trampa de Cupido vuelve hoy a mi mente.
No sé cuánto tiempo ha pasado ya desde que el hierro de nuestro enlace se oxidó, y nuestras cadenas cayeron con un ruido sordo al enfangado suelo de aquella tarde de Febrero. Un otoño frío nos acercó, y al abandonarnos a la farsa y la desazón, a tirar de la cuerda más que el otro, alardeando nuestra superioridad, fue lo que llevó a la distancia desde aquel invierno.
La indiferencia del resto del mundo ante nuestro amor hizo que las cadenas fueran pisoteadas por las bestias de carga, los transeúntes despistados, los niños jugando a la pelota... Las cadenas, nuestro lazo, oxidadas, cayeron en el olvido de todos.
De todos menos de una persona. Ese soy yo. Yo vuelvo todas las noches a desenterrar las cadenas, que me devuelven a tiempos en los que, curiosamente, el resto del mundo iba a mejor; como Sísifo me castigo a mi mismo reviviendo hechos que ya deberían estar guardados en un almacén de aeropuerto, donde se encuentra cualquier cosa inesperada.
¿Estaré condenado a la eternidad?
Desenvaino las cadenas apelmazadas, las limpio, quito las briznas de hierba y seco el fango que las rellena, para ver una vez más su brillo de plata bajo la luz de la luna. Y es que no hay ni una sola noche de verano, ni una turbia mirada en mi espejo en que no piense en ti, Laura, en tener esa sonrisa otra vez a mi lado. Cada noche me desvelo, muero un poquito y revivo pensando en lo que nunca pudo haber sido, en lo que sería si yo hubiera sido un poco más tú, y tú hubieras sido un poco más yo.
Soy error. Me repito periódicamente, y fallo, tropiezo. No sé si vuelvo a levantarme o simplemente me tambaleo como un abstemio que finge haber estado bebiendo. No lo sé. Por ello vuelven mis fantasmas, los míos y los tuyos, y con ellos eternamente espero a que llegue la hora de mi redención.
Esta vez la roca ha llegado ya al fondo de la pradera; y por ello escribo estas líneas. Pero sé que no es el final y ahora comienza una dura escalada hasta la cima del Olimpo. Por ello no quiero vaciar mi tintero, sino rellenarlo, con alguna lágrima entre la tinta azul de mis venas.
Soy para ti el recuerdo de una vez primeriza, una piedra arrojada al vacío, un candado con abrefácil amarrado a los barrotes de un puente de hojarasca sobre un arroyo, ya seco.
3 de julio de 2012
Suspiros de lo que pudo ser y no fue.
Es el plato amargo de la derrota
lo último que este domingo saboreo
Es el pigmento de mis banderas rotas
Lo único que flota en mi propio firmamento.
Es este violento pentagrama vacío
el único cimiento de mi bandas sonoras.
Es la humedad de un bosque sombrío
lo que hallo cuando duermo en mi alcoba.
Es el cetro del rey destronado
quien parece guiarme en esta mala hora hora
Es el momento menos indicado
para empezar contigo una nueva aurora.
2 de julio de 2012
Por tierras de España
"[...]Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta
-no fue por estos campos el bíblico jardín-:
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín"
Antonio Machado
He viajado por estos lugares rara vez. Noto sin embargo un aire puro en mis pulmones cuando mi sombra se acerca a las majestuosas laderas de árboles pobladas del Moncayo. Yacen los robles, los enebros, las hayas poco frecuentes simulando al vigía en sus crestas más escarpadas, y cien aldeas esparcidas por sus lomas rinden pleitesía al Rey del Sistema Ibérico.
Cuentan las leyendas que si lo divisas desde la lejanas pedanías de Zaragoza, allá por el valle del Ebro, el Moncayo se yergue como un Obispo tumbado, solemne, y ajeno a lo que aquellos liliputienses tramaran por sus faldas.
Si alguna acepción poética hubiera acerca de este coloso, sería la de aquel poeta campestre de otros tiempos, tan caro por sus gentes ayer, hoy y siempre: "un Dios que ya no ampara".
De este modo no nos asombra el pandemonio que presenta, sus fábulas de criaturas silvestres que atemorizan a los niños de Calcena, Torrellas, Ágreda o Veruela. Tampoco nos asombra por qué al maestro romántico por excelencia, el ilustre Gustavo Adolfo Bécquer, todavía se le estremecen los huesos en su centenaria tumba cuando oye tañer las campanas de monasterios perdidos en montes olvidados.
He viajado por estos lugares rara vez. No conozco apenas el palmo que dejo atrás en mi camino cuando uno nuevo ocupa plenamente mi pensamiento, borrando todo lo anterior, como si el Duende no me dejara escapar de su magia.
Tras el Coloso dormitan las praderas de Soria, manchadas ahora de amarillo bajo un sol estival que seca el grano, mitad cosechado por anónimos jornaleros en calurosas tardes de junio, mitad erguido todavía sobre su tallo, formando batallones impecables de soldados vegetales, aguardandoo pacientes la hora de su siega.
En Soria vive gente de tradición castellana pura. Se comportan con los forasteros y se apiadan de su absoluta ignorancia acerca de lo que se cuece en las riberas del Duero. Así les convidan a vino, desde el primer momento amamantándoles bajo su brazo, para que el baile de después, al ritmo de mil charangas que hacen temblar los desvalidos muros de Soria, sea más ameno y gozoso.
Luego, de vuelta a casa, todo es alegría y jolgorio, y el sol guía por sus angostas y ventosas calles a los últimos valientes que desafiaron la gélida hora del alba...
-no fue por estos campos el bíblico jardín-:
Son tierras para el águila, un trozo de planeta
por donde cruza errante la sombra de Caín"
Antonio Machado
He viajado por estos lugares rara vez. Noto sin embargo un aire puro en mis pulmones cuando mi sombra se acerca a las majestuosas laderas de árboles pobladas del Moncayo. Yacen los robles, los enebros, las hayas poco frecuentes simulando al vigía en sus crestas más escarpadas, y cien aldeas esparcidas por sus lomas rinden pleitesía al Rey del Sistema Ibérico.
Cuentan las leyendas que si lo divisas desde la lejanas pedanías de Zaragoza, allá por el valle del Ebro, el Moncayo se yergue como un Obispo tumbado, solemne, y ajeno a lo que aquellos liliputienses tramaran por sus faldas.
Si alguna acepción poética hubiera acerca de este coloso, sería la de aquel poeta campestre de otros tiempos, tan caro por sus gentes ayer, hoy y siempre: "un Dios que ya no ampara".
De este modo no nos asombra el pandemonio que presenta, sus fábulas de criaturas silvestres que atemorizan a los niños de Calcena, Torrellas, Ágreda o Veruela. Tampoco nos asombra por qué al maestro romántico por excelencia, el ilustre Gustavo Adolfo Bécquer, todavía se le estremecen los huesos en su centenaria tumba cuando oye tañer las campanas de monasterios perdidos en montes olvidados.
He viajado por estos lugares rara vez. No conozco apenas el palmo que dejo atrás en mi camino cuando uno nuevo ocupa plenamente mi pensamiento, borrando todo lo anterior, como si el Duende no me dejara escapar de su magia.
Tras el Coloso dormitan las praderas de Soria, manchadas ahora de amarillo bajo un sol estival que seca el grano, mitad cosechado por anónimos jornaleros en calurosas tardes de junio, mitad erguido todavía sobre su tallo, formando batallones impecables de soldados vegetales, aguardandoo pacientes la hora de su siega.
En Soria vive gente de tradición castellana pura. Se comportan con los forasteros y se apiadan de su absoluta ignorancia acerca de lo que se cuece en las riberas del Duero. Así les convidan a vino, desde el primer momento amamantándoles bajo su brazo, para que el baile de después, al ritmo de mil charangas que hacen temblar los desvalidos muros de Soria, sea más ameno y gozoso.
Luego, de vuelta a casa, todo es alegría y jolgorio, y el sol guía por sus angostas y ventosas calles a los últimos valientes que desafiaron la gélida hora del alba...
15 de junio de 2012
Siesta
No dormimos demasiado aquella tarde. Ella todavía finge que sí lo hizo, como si yo no supiera adivinar que su respiración entrecortada era falsa. Tras un eterno silencio, llegaron los abrazos.
Y ella puso el despertador a las 5 menos 5. Me contó que lo hizo porque a las 5 llegaría el fin del mundo, y ella quería estar con el pelo bien peinado. Yo me quedé saboreando una bonita frase de sus labios que nunca existió
Mientras tanto mi mano paseaba, y desataba cualquier nudo que hiciera que mis dedos no pudieran cabalgar a sus anchas por el infinito desierto de su espalda.
"Y después, para qué más detalles. Ya sabéis: copas, risas excesos... cómo van a caber tantos besos en una canción?"
El Seco desierto desapareció, dando paso a un vendaval, un frenesí, una batalla , un tornado, un huracán.
El clima tornó hacia un caluroso humedal, abrasante, pero con un toque de limón refrescante al final.
Ahora mis dedos clamaban piedad, ahogados en el puro cenagal de su cuerpo. No les fue concedida.
El frenesí estaba loco, el huracán, increíble.
Ya no recuerdo nada de aquello.
Vuelta a la normalidad, al tráfico, al sinsentido, al estudio incoherente de planetas allí arriba, a los libros, a la paz interior, al propio engañamiento.
Fin
Y ella puso el despertador a las 5 menos 5. Me contó que lo hizo porque a las 5 llegaría el fin del mundo, y ella quería estar con el pelo bien peinado. Yo me quedé saboreando una bonita frase de sus labios que nunca existió
Mientras tanto mi mano paseaba, y desataba cualquier nudo que hiciera que mis dedos no pudieran cabalgar a sus anchas por el infinito desierto de su espalda.
"Y después, para qué más detalles. Ya sabéis: copas, risas excesos... cómo van a caber tantos besos en una canción?"
El Seco desierto desapareció, dando paso a un vendaval, un frenesí, una batalla , un tornado, un huracán.
El clima tornó hacia un caluroso humedal, abrasante, pero con un toque de limón refrescante al final.
Ahora mis dedos clamaban piedad, ahogados en el puro cenagal de su cuerpo. No les fue concedida.
El frenesí estaba loco, el huracán, increíble.
Ya no recuerdo nada de aquello.
Vuelta a la normalidad, al tráfico, al sinsentido, al estudio incoherente de planetas allí arriba, a los libros, a la paz interior, al propio engañamiento.
Fin
22 de mayo de 2012
El legado de los sabios
A veces huir es una decisión de sabios.
Me encuentro sofocado, mustio, como un átomo aplastado por la
muchedumbre de una ciénaga. Abro puertas y ventanas, y esa sensación carcelaria aumenta al ver los
barrotes, firmes, como soldados, cautelando una posible entrada a mi guarida.
Era la hora de huir, sin demora. Partir, ligero de equipaje
como los hijos de la mar, hacia donde la noche, fría en este mes de Junio
decida llevarme. Una luz de gálibo anuncia mi posición en mi retaguardia,
mientras mi cabeza piensa en no pensar en nada.
El radio de mi bicicleta corta el viento limpiamente. Hoy,
recuerdo mariposas. Conduzco suavemente, armonizando mis movimientos al vaivén
de las aceras, al sinvivir de la ciudad, al tiempo infinito. Aunque mi cabeza
anda por otros mundos. Intento disfrazarme, pero el viento me quita una y otra
vez mi antifaz, como presagio de que esa treta no me salvará de nuevo.
Ahora admiro las grandes construcciones, iluminadas
desafiantemente al poder oscuro de la noche, mientras navego a lomos del
increíble cocodrilo, que me ayuda a llegar a la otra orilla del Ebro. En ese
momento, un cuchillo intangible, frío, devasta mis pómulos, y una lágrima
involuntaria los sana al instante. La vuelta a la ciudad me baja de nuevo al
piso del suelo uniforme. Atisbo rostros difuminados, no hay tantos como para
abarrotar las calles, pero sí son suficientes para que merezcan atención. Son
aquellos gatos arrabaleros, los que de día no encuentran el amparo de la
Iglesia, y aprovechan la libertad oscura para disfrutar de sus vidas, ajenas a
los búhos diurnos de los balcones. También hay trasnochados galanes y damiselas
de corsé, que con paso decidido avanzan, tal vez huyendo de los tiburones de la
noche, trajeados y asfixiados con sus corbatines al cuello.
Sigo estudiando el duende de mi ser, e, involuntariamente,
mis pasos me llevan a tres portales. Con nudillos invisibles golpeo cada uno de
ellos, llamando un ruido sordo, que ningún alma tras las puertas vacías oye.
Busco un rostro en los maniquíes, autobuses, o en las placas
de neón que anuncian cualquier cosmético engañabobos antiarrugas. Pero nadie me
dice quién fui yo.
Al final, mi estilo no es otro que la síntesis de aquello
que he leído. Por ello, subo más de lo necesario, para al final, tras un gesto altruista,
gratuito y reconfortador que me devuelva la sonrisa, disfruto de la cuesta
abajo sin frenos que me lleva de nuevo a casa, libre de corazón y memoria.
28 de abril de 2012
A mi redentor
No llevo mucho tiempo aquí, así que puedo considerarme un novato en esta función.
Mi ignorancia y mi torpeza, que me lleva acompañando desde tiempos remotos (y si no, pregúntenle a mis amigos), me hacen pensar si mi alter ego de otra época era un afortunado o al contrario, un desgraciado, para poder dilucidar si mi futuro será gris, negro, o blanco y puro, cono las calvas de las altas cumbres.
Imagino que ese ser, ya sea hombre o mujer, cuida de mi desde alguna otra dimension. Llamadle Dios, llamadle ángel de la guarda, o pastor de mi rebaño. Pero tengo la seria sospecha de que ese alguien ha tenido (como servidor) muy malas experiencias con ese invento del diablo que es la electricidad. He estado a punto de pagarle a Caronte mi viaje antes de hora, pero este tío se empeña en retrasar mi Odisea (cosa que le agradezco y le agradeceré toda mi vida).
Nunca me he quejado de la mala suerte que en abundantes ocasiones me acompaña, pues, cuando realmene la necesito,la buena suerte acude a mí, resurgiendo de las grises cenizas como el fénix infinito.
Debe ser que hay alguien empeñado en mi desdicha, pero los jueces del otro Reino aún no me condendan... Y que así siga...
Mi ignorancia y mi torpeza, que me lleva acompañando desde tiempos remotos (y si no, pregúntenle a mis amigos), me hacen pensar si mi alter ego de otra época era un afortunado o al contrario, un desgraciado, para poder dilucidar si mi futuro será gris, negro, o blanco y puro, cono las calvas de las altas cumbres.
Imagino que ese ser, ya sea hombre o mujer, cuida de mi desde alguna otra dimension. Llamadle Dios, llamadle ángel de la guarda, o pastor de mi rebaño. Pero tengo la seria sospecha de que ese alguien ha tenido (como servidor) muy malas experiencias con ese invento del diablo que es la electricidad. He estado a punto de pagarle a Caronte mi viaje antes de hora, pero este tío se empeña en retrasar mi Odisea (cosa que le agradezco y le agradeceré toda mi vida).
Nunca me he quejado de la mala suerte que en abundantes ocasiones me acompaña, pues, cuando realmene la necesito,la buena suerte acude a mí, resurgiendo de las grises cenizas como el fénix infinito.
Debe ser que hay alguien empeñado en mi desdicha, pero los jueces del otro Reino aún no me condendan... Y que así siga...
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