No dormimos demasiado aquella tarde. Ella todavía finge que sí lo hizo, como si yo no supiera adivinar que su respiración entrecortada era falsa. Tras un eterno silencio, llegaron los abrazos.
Y ella puso el despertador a las 5 menos 5. Me contó que lo hizo porque a las 5 llegaría el fin del mundo, y ella quería estar con el pelo bien peinado. Yo me quedé saboreando una bonita frase de sus labios que nunca existió
Mientras tanto mi mano paseaba, y desataba cualquier nudo que hiciera que mis dedos no pudieran cabalgar a sus anchas por el infinito desierto de su espalda.
"Y después, para qué más detalles. Ya sabéis: copas, risas excesos... cómo van a caber tantos besos en una canción?"
El Seco desierto desapareció, dando paso a un vendaval, un frenesí, una batalla , un tornado, un huracán.
El clima tornó hacia un caluroso humedal, abrasante, pero con un toque de limón refrescante al final.
Ahora mis dedos clamaban piedad, ahogados en el puro cenagal de su cuerpo. No les fue concedida.
El frenesí estaba loco, el huracán, increíble.
Ya no recuerdo nada de aquello.
Vuelta a la normalidad, al tráfico, al sinsentido, al estudio incoherente de planetas allí arriba, a los libros, a la paz interior, al propio engañamiento.
Fin
15 de junio de 2012
22 de mayo de 2012
El legado de los sabios
A veces huir es una decisión de sabios.
Me encuentro sofocado, mustio, como un átomo aplastado por la
muchedumbre de una ciénaga. Abro puertas y ventanas, y esa sensación carcelaria aumenta al ver los
barrotes, firmes, como soldados, cautelando una posible entrada a mi guarida.
Era la hora de huir, sin demora. Partir, ligero de equipaje
como los hijos de la mar, hacia donde la noche, fría en este mes de Junio
decida llevarme. Una luz de gálibo anuncia mi posición en mi retaguardia,
mientras mi cabeza piensa en no pensar en nada.
El radio de mi bicicleta corta el viento limpiamente. Hoy,
recuerdo mariposas. Conduzco suavemente, armonizando mis movimientos al vaivén
de las aceras, al sinvivir de la ciudad, al tiempo infinito. Aunque mi cabeza
anda por otros mundos. Intento disfrazarme, pero el viento me quita una y otra
vez mi antifaz, como presagio de que esa treta no me salvará de nuevo.
Ahora admiro las grandes construcciones, iluminadas
desafiantemente al poder oscuro de la noche, mientras navego a lomos del
increíble cocodrilo, que me ayuda a llegar a la otra orilla del Ebro. En ese
momento, un cuchillo intangible, frío, devasta mis pómulos, y una lágrima
involuntaria los sana al instante. La vuelta a la ciudad me baja de nuevo al
piso del suelo uniforme. Atisbo rostros difuminados, no hay tantos como para
abarrotar las calles, pero sí son suficientes para que merezcan atención. Son
aquellos gatos arrabaleros, los que de día no encuentran el amparo de la
Iglesia, y aprovechan la libertad oscura para disfrutar de sus vidas, ajenas a
los búhos diurnos de los balcones. También hay trasnochados galanes y damiselas
de corsé, que con paso decidido avanzan, tal vez huyendo de los tiburones de la
noche, trajeados y asfixiados con sus corbatines al cuello.
Sigo estudiando el duende de mi ser, e, involuntariamente,
mis pasos me llevan a tres portales. Con nudillos invisibles golpeo cada uno de
ellos, llamando un ruido sordo, que ningún alma tras las puertas vacías oye.
Busco un rostro en los maniquíes, autobuses, o en las placas
de neón que anuncian cualquier cosmético engañabobos antiarrugas. Pero nadie me
dice quién fui yo.
Al final, mi estilo no es otro que la síntesis de aquello
que he leído. Por ello, subo más de lo necesario, para al final, tras un gesto altruista,
gratuito y reconfortador que me devuelva la sonrisa, disfruto de la cuesta
abajo sin frenos que me lleva de nuevo a casa, libre de corazón y memoria.
28 de abril de 2012
A mi redentor
No llevo mucho tiempo aquí, así que puedo considerarme un novato en esta función.
Mi ignorancia y mi torpeza, que me lleva acompañando desde tiempos remotos (y si no, pregúntenle a mis amigos), me hacen pensar si mi alter ego de otra época era un afortunado o al contrario, un desgraciado, para poder dilucidar si mi futuro será gris, negro, o blanco y puro, cono las calvas de las altas cumbres.
Imagino que ese ser, ya sea hombre o mujer, cuida de mi desde alguna otra dimension. Llamadle Dios, llamadle ángel de la guarda, o pastor de mi rebaño. Pero tengo la seria sospecha de que ese alguien ha tenido (como servidor) muy malas experiencias con ese invento del diablo que es la electricidad. He estado a punto de pagarle a Caronte mi viaje antes de hora, pero este tío se empeña en retrasar mi Odisea (cosa que le agradezco y le agradeceré toda mi vida).
Nunca me he quejado de la mala suerte que en abundantes ocasiones me acompaña, pues, cuando realmene la necesito,la buena suerte acude a mí, resurgiendo de las grises cenizas como el fénix infinito.
Debe ser que hay alguien empeñado en mi desdicha, pero los jueces del otro Reino aún no me condendan... Y que así siga...
Mi ignorancia y mi torpeza, que me lleva acompañando desde tiempos remotos (y si no, pregúntenle a mis amigos), me hacen pensar si mi alter ego de otra época era un afortunado o al contrario, un desgraciado, para poder dilucidar si mi futuro será gris, negro, o blanco y puro, cono las calvas de las altas cumbres.
Imagino que ese ser, ya sea hombre o mujer, cuida de mi desde alguna otra dimension. Llamadle Dios, llamadle ángel de la guarda, o pastor de mi rebaño. Pero tengo la seria sospecha de que ese alguien ha tenido (como servidor) muy malas experiencias con ese invento del diablo que es la electricidad. He estado a punto de pagarle a Caronte mi viaje antes de hora, pero este tío se empeña en retrasar mi Odisea (cosa que le agradezco y le agradeceré toda mi vida).
Nunca me he quejado de la mala suerte que en abundantes ocasiones me acompaña, pues, cuando realmene la necesito,la buena suerte acude a mí, resurgiendo de las grises cenizas como el fénix infinito.
Debe ser que hay alguien empeñado en mi desdicha, pero los jueces del otro Reino aún no me condendan... Y que así siga...
17 de abril de 2012
La Casa de Asterión
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión. Apolodoro: Biblioteca, III,I |
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo:Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
Jorge Luis Borges
11 de abril de 2012
18 de marzo de 2012
El Derecho al Delirio
Aunque no podemos adivinar el tiempo que será, sí tenemos, al menos, el derecho de imaginar el que queremos que sea. En 1948 y 1976 las Naciones Unidas proclamaron extensas listas de derechos humanos; pero la inmensa mayoría no tiene más que el derecho de ver, oír y callar. ¿Qué tal si empezamos a ejercer el jamás proclamado derecho de señar? ¿Qué tal si deliramos por un ratito?
Vamos a clavar los ojos más allá de la infamia, para adivinar otro mundo posible: el aire estará limpio de todo veneno que no venga de los miedos humanos y de las humanas pasiones; en las calles, los automóviles serás aplastados por los perros; la gente no será manejada por el automóvil, ni será programada por la computadora, ni será comprada por el supermercado, ni será mirada por el televisor; el televisor dejará de ser el miembro más importante de la familia, y será tratado como la plancha o el lavarropas; la gente trabajará para vivir, en lugar de vivir para trabajar; se incorporará a los códigos penales el delito de la estupidez, que cometen quienes viven por tener que ganar, en vez de vivir por vivir nomás, como canta el pájaro sin saber que canta y como juega el niño sin saber que juega; en ningún país irán presos los muchachos que se nieguen a cumplir el servicio militar; si no los que quieran cumplirlo; los economistas no llamarán nivel de vida al nivel de consumo, ni llamarán calidad de vida a la cantidad de cosas; los cocineros no creerán que a las langostas les encanta que las hiervan vivas; los historiadores no creerán que a los países les encanta ser invadidos; los politicos no creerán que a los pobres les encanta comer promesas; la solemnidad se dejará de creer una virtus, y nadie tomará en serio a nadie que no sea capaz de tomarse el pelo; la muerte y el dinero perderán sus mágicos poderes, y ni por defunción ni por fortuna se convertirá el canalla en virtuoso caballero; nadie será considerado héroe ni tonto por hacer lo que cree justo en lugar de hacer lo que más le conviene; el mundo ya no estará en guerra contra los pobres, si no contra la pobreza, y la industria militar no tendrá más remedio que declararse en quiebra; la comida no será una mercancía, ni la comunicación un negocio, porque la comida y la comunicación son derechos humanos; nadie morirá de hambre, porque nadie morirá de indigestión; los niños de la calle no serán tratados como si fueran basura, porque no habrá niños de la calle; los niños ricos no serán tratados como si fueran dinero, porque no habrá niños ricos; la educación no será el privilegio de quienes pueden pagarla; la policía no será la maldición de quienes no pueden comprarla; la justicia y la libertad, hermanas siamesas condenadas a vivir separadas, volverán a juntarse, bien pegaditas, espalda contra espalda; una mujer, negra, será presidenta de Brasil y otra mujer, negra, será presidenta de los Estados Unidos de América; una mujer india gobernará Guatemala y otra, Perú; en Argentina, las locas de Plaza de Mayo serán un ejemplo de salud mental, porque ellas se negaron a olvidar en los tiempos de la amnesia obligatoria; la Santa MAdre Iglesia corregirá las erratas de las tablas de Moisés, y el sexto mandamiento ordenará festejar el cuerpo; la Iglesia también dictará otro mandamieto que se le había olvidado a Dios: "Amarás a la naturaleza, de la que formas parte"; serán reforestados los desiertos del mundo y los desiertos del alma; los desesperados serán esperados y los perdidos serán encontrados; porque ellos son los que desesperaron de tanto esperar y los que se perdieron de tanto buscar; seremos compatriotas y contemporáneos de todos los que tengan voluntad de justicia y voluntad de belleza, hayan nacido donde hayan nacido y hayan vivido cuando hayan vivido, sin que importen ni un poquito las fronteras del mapa o del tiempo; la perfección seguirá siendo el aburrido privilegio de los dioses; pero en este mundo chambón y jodido, cada noche será vivida como si fuera la última y cada día como si fuera el primero.
Eduardo Galeano.
6 de marzo de 2012
El Malabarista Errante
Lisandro Leiva, vaivén de una vida desapercibida para los ojos del tendido. Caminaba siempre cabizbajo y arrastrando sus malgastadas botas, como si unas cadenas vulcanianas le aferraran al asfalto de las calzadas. A pesar de sus reconocidos premios literarios, nunca ha gozado de una remunerada fama social, quizá por su enmascarado anonimato tras el seudónimo “El malabarista errante”. Gastaba en libros su no muy abultado sueldo, libros que después quemaba en el living, en un particular aquelarre, que justificaba debido a la locura exótica y placentera, pero descabelladamente irreal e imaginaria a la cual le llevaba la lectura.
La lúgubre habitación en la que dormía parecía un antro decimonónico, donde acudían los poetas a deliberar acerca del transcurso de su efímera, desdichada vida, en la que todos pretendían ser dueños de su mismo sino, aunque a sabiendas no lo eran, ni mucho menos, sino sucesores de su tradición literaria de siglos anteriores.
Siglos. Siglos, años, horas, eran suficiente amenaza para un Leiva desolado. Leía sus poemas y los hacía ser el alimento de su vida, mas sólo durante un día, pues, pese a que los memorizaba, los destrozaba y los hacía sucumbir bajo el poderío de la llama en el hogar, o los narraba directamente sobre los suyos en el patio de la Iglesia, donde él y sus amigos desgastaban largas horas en las que nada ocurría, más que un soplo de viento fortuito, o una mirada desprevenida desde la acera de enfrente, que se convertía en una esperanza irreal para su ser, pero de la que nunca rechaza, puesto que él la ama.
Lisandro Leiva nunca ha sabido perder. Sitúa sus planes cual si de una vida ficticia se tratare; pero Leiva sabe que no es así.
Supo que, tarde o temprano debería aceptar la verdad, la cruda realidad que le llevó a seguir actuando sobre el guion establecido. Pero Leiva nunca supo cuál era realmente el papel de su guion en la vida.
Trató de amar a una mujer. Con ella convivió durante al menos tres años, y con la cual disfrutó hasta el punto de perder la razón por ella, pero su inocencia le castigó hasta tal punto, en que fue traicionado, y tras una larga meditación, nunca más volvió a apreciar su sedosa melena, pese a que, dentro de un tiempo añoraría sus besos, sus abrazos, sus sonrisas…
Cada amago de deseo le llevaba a pensar en ella.
Seguramente Leiva hizo mal en sus affaires, como siempre solía hacer. Nunca algo de este tipo le resultó positivo tras la muerte de Mariela.
“Me has fallado” – Interioriza Leiva, aun a sabiendas de que él ha sido el primero en dar esa especie de puñalada, ese paso adelante en una batalla llena de respeto, de contraste, de amor.
Leiva era consciente de sus errores, pero también era capaz de esclarecer que él no era el único culpable, que debía afrontar la realidad, con aliados o sin ellos. Parecía que, por el momento, sus compañeros de viaje no podían (o no querían) comprender la situación que atravesaba, mientras se arrastraba por los círculos nocturnos, cuyos fines eran noches de prostíbulo y benjamín, en los que el joven poeta andaba perdido.
No obstante, no sería sincero afirmar que la dicha de Leiva le era negativa.
Por naturaleza, él había sido un trovador mujeriego, un depredador, como en el nuevo mundo se llamaba a esa clase de persona. Sin embargo, Leiva perdía su razón por aquella melena de cabellos oscuros, y sabía que ella los perdía por los suyos…
Pero un exceso de prudencia, una soberbia exacerbada había llevado a tan prometedora pareja a una rutina comparable a la ruta ferril del tren que cada día llegaba a la nada, trayendo gente de ningún lado, llevándolas a ninguna parte. Para añadir más intriga a esta historia, se debe remarcar que Leiva no era muy promiscuo a aceptar sus derrotas, más bien las escondía en su ya desgastado traje. “Una herida más”, se decía cada noche con su Chivas con hielo a esas horas en las que todo se complica, o todo es más fácil, según el punto de mira.
Tantea ahora las balas del calibre 16 sobre su escritorio. Tres. Doradas, pulidas, perfectas. Nunca supo bien interpretar el papel del oficio del suicida, aunque sabía que sólo tendría una oportunidad. El revólver parece sonreírle, cómplice de los dedos miserables que le habían arrastrado a su desdicha. Leiva estaba sumergido en un torbellino de desgracias, y cada cual parecía ser peor aún, si cabe, que la anterior. Por ello decidió, aquel primero de Noviembre, tomar la única salida, el único sendero que le sacara de tan desagradable situación.
Leiva compuso canciones en su juventud, mas nunca llegaron a oídos de aquellos que hacen que valga la pena escucharlas. Otra farsa más de este gran teatro, el mundo.
Pese a su oscurantismo, el ciclo de vida de Leiva comenzaba cada día con una sonrisa que eclipsaba cualquier atisbo de negatividad, de malas vibraciones. Aunque cada noche volvían sus particulares fantasmas. Solamente cruzarse con su perfume en la acera o ver un automóvil del mismo color que sus profundos ojos de rayo de luna. Era en esos momentos cuando Leiva enloquecía, y su demonio interno estallaba en silencio, muriendo lentamente y deseando no existir. Volvía a casa, descansaba breves horas de mala manera, y amanecía tarde, con una renovada, no del todo fingida expresión de alegría.
Mariela murió inesperadamente mientras Leiva agonizaba en el sofá, en una de sus interminables jaquecas diarias. Él bien sabía cómo y por qué murió, y decidió superar el incidente en silencio.
Nada más se supo de Leiva en el barrio. Unos decían que seguía viviendo en la buhardilla que compartía con Mariela, otros que emigró a tierras lejanas en busca de una vida mejor, otros que simplemente desapareció con ella.
Leiva seguía, efectivamente, viviendo en La Buhardilla, mas ahora era un lugar inhóspito, carente del cuidado que Mariela profesaba hacia su hogar.
Sería erróneo afirmar que Leiva perdió las ganas de vivir con la ausencia de Mariela. No. Él la amaba, o eso al menos creía, puesto que el desdichado poeta no sabía interpretar sus sentimientos, ni asemejar lo que sentía al concepto general de “amor”.
Una gota de sudor frío, mortal, recorrió la frente de Leiva hasta precipitarse al vacío, sumergiéndose en el metal del gatillo del revólver. Leiva iba a esperar tan sólo unos minutos más.
Debe ser difícil cuando tu camino se ha torcido ya tantas veces que vuelve otra vez a ser el mismo, y no ser ni siquiera capaz de reconocer de dónde vienes, hacia dónde te diriges, o simplemente dónde piensas descansar.
Ya ni siquiera le servía la morfina de las frases que retenía en su memoria, como aquella de los trovadores americanos, “Las palabras de los profetas están escritas en las paredes del metro”. Leiva no consiguió interpretar su profecía personal.
Ya sin nada ni nadie a quién esperar a la hora del café, sin la esperanza de que alguien siquiera acuda a molestarlo, de este mundo salvaje decidió Leiva despedirse sin mirar las saetas del tiempo.
A la mañana siguiente, una noticia que nadie leyó apareció en la sección de crónicas de sucesos en el diario local: Un desconocido hombre, desaliñado e indocumentado, fue víctima de un disparo mortal, que le atravesó la sien. Junto al cadáver se encontró el objeto mortífero, un revólver, y tres casquillos del calibre 16. Una bombilla rota revelaba el primer objetivo del revólver: Leiva había decidido dejar este mundo en la más primaria oscuridad, tal y como a este lugar llegó, ahora para no volver. El segundo objetivo del revólver fue preámbulo del disparo que terminó con la vida de Leiva: unos cristales en el suelo, y el mecanismo de un reloj de bolsillo destrozado, impacto de otra bala.
Leiva destrozó su reloj y su bombilla para que nadie supiera nunca en qué momento exacto de su locura decidió abandonar, de una vez por todas, su ahora remota desdicha.
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