15 de junio de 2011

La Jornada previa a un gran viaje

La organización, escasa. Las ilusiones, infinitas.
Porque no importa cuánto papel, cuánto tiempo, se gaste organizando un evento que, desde el primer momento, intuyes que va a ser inolvidable.
Un mapa, una brújula, dos mochilas (aunque quizá deberían ser más) llenas de ilusión, de esperanza, de energía.
Lo suficiente para partir.
Pero partir hacia un lugar quiere decir dejar algo atrás:
Aquí ya se quedan las abominables noches soporíferas y calurosas, la tensión acumulada durante días, para la posterior consecución de resultados que, acordes o no con lo previsto, no son más que celulosa manchada de tinta...
También quedan atrás miles de momentos, efímeros, pero pesados, capaces de arrancarle a cualquier duro ladrillo, a cualquier serio árbol, o incluso a la guardia real, una delicada sonrisa.
Todo queda atrás, a fin de cuentas. Estoy escribiendo esto como resumen del año, de un año diferente, extraño, rocambolesco, y lleno de sorpresas inesperadas...
La rutina del comienzo cayó por su propio peso, como la manzana que nadie recogió en su día, y, desesperada cayó sobre la cabeza de un genio que por casualidad descubrió la gravedad...
Una gravedad que ha conseguido atraparme en un bucle que parecía no tener fin. Ese bucle, turbio al principio, me permitió discernir el colorido paisaje que había más allá de las rejas de mi ventana.
Alguna escapada con los maquis y los guardias civiles, y mis contrafuertes más potentes me hacían flotar, saliendo también de ese bucle.
Sorpresas en el sentido de aprender de lo desconocido, y sobre todo también aprender de lo conocido, un estudio profundo atraído por una serie de causas que nadie, todavía, se explica.
Y qué más dará lo demás.

No volveré a poner la cara para recibir otra bofetada, simplemente la pondré para que me azote el aire fresco del norte.
Sé que pronto veré sus soles azules desafiando a la noche y a la luna, y reivindicando su propio brillo frente a las poderosas estrellas.
Y al de la piel morena, lo dejamos con sus versos que parecen perdidos, pero no lo son; su relación interna es tan desarrollada y abundante como los capilares sanguíneos.
Y al meteco, lo abandono con sus debates bélicos.
No te preocupes, volveré.
A mi lectora le digo lo mismo que al meteco, pero sé que con ella lo tengo más fácil eso de vernos.
Y a los demás, los que se quedan atrás... no es que me haga gracia hacerlo, pero tampoco se me cae el alma a los pies.

Una pena que no vengáis más gente a este viaje, que se presenta esperanzador....
Sólo busco libertad, paz, tranquilidad, descanso...

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