11 de julio de 2011

Oh Capitán, mi Capitán

Hoy me apetece perderme.
Da igual el lugar, y el medio de transporte.
No necesito a nadie hoy. Llevo un tiempo al borde del abismo, parecía que esta vez un vientecillo fugaz me susurraba que esta vez sí, que era el momento.
Que los engranajes ya estaban rodando, y todas las piezas sobre el tablero dispuestas...

Dispuestas para arrastrarme a una inevitable derrota.
Me siento como si hubiera perdido, aunque no haya finalizado todavía la partida.
Pero sé que no aguantaremos mucho más.

Una luz se atisba al final del prado, ahora ensombrecido por nubes negras
Nos queda un duro camino, un largo ascenso sobre la loma.
Y tarde o temprano, llegará el final.

Pero no hay que quedarse en ese punto del camino; sería demasiado fácil atascarse en el bucle infinito de la desolación, dejándonos llevar por la locura de los que están en la misma situación que nosotros.
La filarmónica ya está preparada para interpretar el Requiem, y el cielo truena como si los dioses del Valhala estuvieran en una última disputa, en el definitivo juego por la supervivencia.

Debemos estar fuertes y preparados para el momento, inminente y tenebroso.
Pero reitero y no pierdo mi esperanza en esa joven ilusión que se divisa más allá del dolor. Volverá la sonrisa a nuestros corazones y todo se aclarará y volverá a su orden lógico, al reinicio del ciclo de la vida, del juego del cual todos formamos parte, y del cual no podemos abdicar.

Una última despedida, un abrazo eterno en el ocaso de una vida, un viaje pacífico y tranquilo, carente de equipaje, al filo del collado, sin rumbo, sin dirección...
Pero repleto de Libertad.

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